domingo, 29 de agosto de 2010

JORGE MILLAS: ENTRE LA ESPECULACIÓN FILOSÓFICA Y LA PSICOLOGÍA

JORGE Millas -junto a Clarence Finlayson, pensadores especulativos- forman parte, innegable, de la historia de la filosofía chilena. Y, consecuentemente, los podemos situar dentro del período especulativo de la filosofía chilena, distinguiéndolos de otros períodos en que el quehacer filosófico -más allá de ser distinto- no existía en Chile.

PERO el pensamiento del señor Millas -como lo señala Enrique Molina- estaba formado, casi exclusivamente, por su "Idea de la Individualidad", obra ensayística -extrañamente- premiada en el Concurso Literario del Cuarto Centenario de Santiago. Y decimos "extrañamente", puesto que su presentación y divulgación no se originó en el seno de la filosofía propiamente tal. Pareciera -y esto no es extraño- que las más vivaces obras de filosofía chilena, aquellas que provocan reflexiones diversas y avivan el quehacer intelectual chileno, son las que son reconocidas por su alto valor estético y su consecuente uso, inteligente, de las palabras. Pues, cuando recordábamos al P. Manuel Lacunza, su uso inteligente del lenguaje, más que sus propuestas filosóficas, nos daba la misma impresión. Como si, intrusamente, la filosofía chilena, en Chile, no tubiése otro medio para hacerse ver y expresarse que éste.
Muchas veces, propuestas filosóficas, de las más bellas y acertadas, las hallamos en revistas literarias, en periódicos de normal circulación, en cartas personales a las autoridades -como las del señor Alejandro Venegas a Don Pedro Montt, por ejemplo,- más que en revistas de filosofía que, si bien son el lugar preciso para desarrollar filosofía propiamente tal, en éstas, los artículos no se refieren más que a la interpretación de filosofías no propiamente tales, es decir, ajenas.

ESTE es el valor que los medios le otorgan, y por el cual tenemos noticia, a todas las obras filosóficas que en Chile se dan: el valor literario.

PERO la obra de Jorge Millas tiene un valor superior, que está más acá de lo puramente formal del conocimiento. En su "Idea de la Individualidad" su búsqueda filosófica, esencial, era la identidad del hombre suscrito a un pueblo, la identidad del ser chileno. Y, ya mencionábamos antes -en otro artículo- que "algo" filosóficamente cognoscible existe que diferencia el ser del uno con respecto de otro, por el cual son establecidos "los distintos", y los diversos atributos del ser en cuanto son ser propiamente tal. Y don Jorge Millas, al hacer la pregunta que interroga por "quiénes somos" los chilenos, expresa -irremediablemente- el "quiénes debemos ser" en esta convulsionada América Latina. Jorge Millas nos dice:

    "La política es uno de los acontecimiento perféricos de la historia y uno de los eficaces resortes de la extroversión y colectivizaciíon del hombre. En ella se expresan mejor que en cualquier otro orden de cosas el sentir y el pensar multitudinarios, la mentalidad del hombre accidentalmente impersonalizado. En la política halla el chileno lo que el estadio actual de su evolución necesita: "extroversión y prácticismo".

Con esto, nos demuestra, con claridad, la mejor manera de cómo desarrollar nuestra vida pública, y nos ofrece las ventajas de la política como actividad intelectual y pública, pero la política como actividad humana, como "desarrollo del Logos" en el ámbito propio de la realidad. Así formaremos parte de la historia latinoamericana y mundial, y así expresaremos nuestro ser propiamente tal ante los demás. De ahí nuestras diferenciaciones, y desde ahí nuestra forma de ser. También, nos aclara:

    "Entre los países de América se distingue Chile por ciertos rasgos de la plenitud histórica, que sólo a través de varios siglos pueden consolidarse. El fundamental de todos estos rasgos a que aludo, el que regimenta a los demás, imponiéndoles su sello, es, sin duda, el de la sobriedad espiritual. Chile es un pueblo sobrio. Esta sobriedad suya, como que está en contraste con otros caracteres pueriles de su imagen histórica, es una anticipación de la que ha de ser, sin duda, su personalidad definitiva en los tiempos de sazón. En épocas de juventud, ni individuos ni países son normalmente sobrios. La sobriedad es esa virtud de la reacción justa, ecuánime, proporcionada ante las cosas. Lo contrario de sobriedad es frenesí, o, como debería decirse en América, tropicalismo. En virtud de un sinnúmero de razones geográficas, históricas, raciales, culturales -que las hay de los órdenes más diversos-, los chilenos ponen en sus cosas siempre la fuerza adecuada para el efecto justo. No obstante los pintorescos y lamentables hábitos de la embriaguéz popular -hábitos contraídos más por razones exógenas que anímicas- el espíritu nacional es metódico, equilibrado, sereno, contrario a todo exceso, como que el exceso no sea algún accidente desventurado, provocado por la atrábilis particular de alguien, que nada expresa desde el punto de vista general.
 "El frenesí es una cualidad dionisíaca; la sobriedad apolínea. Chile posee, pues, una indiscutible mentalidad apolínea, que explica el ponderado ritmo clásico de su evolución cívica y de su organización institucional, y el tipo mesurado, digno, de su literatura, que revela, por sobre todo, una espiritualidad equilibrada, proporcionada, justa, no obstante la profundidad que suele alcanzar en ocasiones. Por eso, sin duda, hay en nuestro país menos chabacanería que en otros de América, no obstante haberla, y no escasamente. Por eso también nuestra sensibilidad es más profunda; junto a otros pueblos podemos, a lo mejor, aparecer frívolos, cuando lo que en verdad ocurre es que somos menos superficiales.
 "Ahora bien; así como no hay contradicción entre la modadlidad de extrovertidos y practicistas, signo de nuestra adolescencia histórica, el hecho de darse en nosotros la sobriedad espiritual como nota dominante, tampoco la hay con el hecho de nuestra indiscutible vocación a la poesía. Pero mientras que en el primer caso el hecho que parecía opuesto a la juvenil extroversión del chileno era sólo una manifestación de anticipada madurez, en este otro caso el rasgo aparentemente imcompatible con esa extroversión -nuestras grandes aptitudes poéticas- es un fenómeno de igual categoría, que nada excepcional posee y que en un diverso plano de cosas simboliza idéntica modalidad espiritual, más refinada, por cierto, que nuestra vocación para la historia, el derecho y la política de partidos".

QUÉ interpretación más viva, psicológica, es la que nos ofrece Jorge Millas: un verdadero ejemplo de especulación ante el espectáculo de lo propio. Chile es un país sobrio, y vale la pena alabar sus esfuerzos. Y es más justo decir "el chileno es sobrio". Mas, don Jorge nos menciona dos modos de ser chileno, uno constrastando al otro, creando una especial dualidad del ser: el modo extrovertido-practicista (signo de nuestra adolescencia histórica) y el modo introvertido-espiritual (nota dominante, signo de nuestra madurez), en la que recalca una tendencia más a la poesía que a otras vocaciones como la historia, el derecho y la política.
Así y todo, digamos, que estas vocaciones no tan preferidas por los chilenos, son actividades propias del desarrollo intelectual de la nación. Son algo más que simple espiritualidad introvertida. La historia, el derecho y la política son actividades más rigurosas que la poesía -tan refinada en Chile-, que deben resolver ante todo exigencias de verdad, métodos y dificultades que requieren de tiempo y espacio precisos, así como el desarrollo filosófico chileno tan poco abordado.

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jueves, 26 de agosto de 2010

P. MANUEL LACUNZA: MILENARISMO Y TRASCENDENCIA FILOSÓFICA

MUY poco o nada se conocen -en nuestro desmemoriado ambiente filosófico chileno- las andanzas del P. Manuel Lacunza. Su olvido y destierro para siempre de nuestra historia filosófica y nacional hubiése sido un hecho insalvable a no ser por una breve y efímera alusión de Don Enrique Molina en su Filosofía en Chile:
    "La penuria filosófica de Chile ha ido, naturalmente, en aumento a medida que remontamos la corriente del tiempo, desde la vida independiante de la nación hacia la época del coloniaje. En esta última no encontramos más que un nombre que valga la pena mencionar y eso en pleno siglo XVIII: el del padre Manuel Lacunza, autor del, en sus días, celebrado libro "La venida del Mesías en gloria y majestad",

que -por lo demás, y es lo que nos interesa- no nos da cuenta de su filosofía y sus repercusiones, del milenarismo, su gran propuesta que en sí mismo demuestra un completo sistema filosófico.
Pero, así y todo, le agradecemos a don Enrique esta vaga y germinal alusión a lo que llamanos -algunos- filosofía chilena, pues los tiempos y la tecnología propician un estudio riguroso de la filosofía propiamente tal.

ES cierto, las propuestas milenaristas de Lacunza nunca han tenido en Chile una repercusión significativa a nivel popular, es decir, no fueron propuestas reflexionadas en el ámbito propio de la realidad, o -como diría Giannini- no fué una reflexión cotidiana. La idea del Reino de Cristo en la tierra por mil años antes de la resurrección universal, no fué opinión pública, ni menos objeto intelectual filosófico de la época, un signo inequívoco de la verdad histórica que padecía Chile ya en tiempos de la colonia. Sin embargo, ante la ausencia de reflexión filosófica propiamente tal, el pensamiento de Lacunza no fue inadvertido en círculos eclesiásticos e intelectuales. Las propuestas de Lacunza son verdaderos postulados filosóficos que dificilmente despertarían la imaginación de los sectores populares. Pues, escencialente, Lacunza acusaba la interpretación bíblica, y promulgaba considerar la verdad teológica tal y como aparecía, literalmente, en la Biblia. Su discusión era exclusívamente teológica, doctrinal, iba más allá del dogma religioso, dogma que todo buen cristiano está condenado a no discurrir.

RENÉ Millar Carvacho, en su estudio "Recepción de Lacunza en Chile", nos dice:

    "Pero si bien el utopismo de Lacunza no ha logrado penetrar en la fantasía popular, sí ha resultado atractivo y ha despertado interés en miembros del clero y en algunos estudiosos, ya sea para criticarlo o defenderlo. Lo curioso es que cada cierto tiempo el milenarismo lacunciano reaparece de cara a la opinión pública, a través de artículos y libros, haciendo que se mantenga vivo el interés en torno a él. ¿Cuál es la razón de esa vitalidad en los ámbitos mencionados? No resulta fácil explicar el fenómeno, pero sin duda que influyen las cualidades de la obra misma, su carácter controvertido y sobre todo el interés universal que ella despertó. De hecho es la obra erudita escrita por un autor chileno que mayor repercusión ha tenido a nivel mundial y en consecuencia Lacunza ha pasado a ser la figura intelectual nacional de más trascendenci. Esa sería, a nuestro juicio, la circunstancia que explica por qué el milenarismo de Lacunza es un tema recurrente en ciertos ámbitos que van más allá de lo religioso".

CONSIDEREMOS que hay cuatro períodos históricos, divergentes, en el que el pensamiento del P. Manuel Lacunza tuvo influencia: a) al de la recepción de La Venida del Mesías entre las décadas de 1790 y 1820, entre los años inmediatamente posteriores al término de la obra y los que concluyen con la edición inglesa de 1826; b) el que se extiende entre el primer centenario de la muerte del autor y fines de la década de 1910; c) el de los años treinta y cuarenta, como protagonista al padre Salas y sus discípulos; d) el que se extiende desde la década de 1950 hasta el presente. No es extraño que Lacunza fuese interpretado, en distinto momento histórico, como conservador y liberal e incluso bajo el prisma de la teología de la liberación, movimiento que se desarrolló a nivel latinoamericano.


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