miércoles, 1 de septiembre de 2010

LA ESPECULACIÓN METAFÍSICA DE CLARENCE FINLAYSON

"En los arcanos misteriosos del espíritu, el Yo, encerrado en su prisión -análoga a la excogitada por el genio platónico- labora con materiales extraños a sus "eidos" transformándolos a su semejanza, a su naturaleza, pero jamás -y teniendo plena conciencia de su acción- llega a conseguir conocerlos en su intuición positiva. El esfuerzo, de lograr acercarse a ese ideal que vislumbra su deseo intelectivo, forja concepciones analíticas y eidéticas, que dan síntesis, quietud para ese Yo,  pero quietud incompleta e insaciable, porque se basa en negaciones y anlogías lógicas, reflejo lejano de sus eidos, ontolócamente positivo y unívoco. Esa angustia se divisa en los genios de la historia: Platón, Aristóteles, Plotino, Filón, Averroes, Tomás de Aquino, Escoto, Lulio, Vives, Descartes, Locke, Hamilton, Fichte, Shelling, Hegel, Spinoza, Leibnitz, Schopenhauer, Nietzsche, Bergson y otros, cada cual a su manera, han proferido su palabra solemne, soberbia expresión, indicadora profunda de la grandeza y miseria del hombre. Solemnidad potente y cuya elocuencia brota por sí sola, reveladora de ese hondo abismo, donde el espíritu sumergido explora las atmósferas y campea en las alturas, pero sin poder desligarse de la tierra..."

POR CIERTO que el señor Finlayson define la metafísica como los esfuerzos intelectuales por escapar de la "angustia" filosófica en la que el Yo se encuentra, cuando declara que el Yo permanece encerrado en su prisión, es decir en el alma humana. Y se refiere a ese Yo platónico, ideal y perfecto, a ese elemento inmanente del cual se desprende el conocimieto del ente y los entes, de la verdad y las verdades, sin advertir que el "ser" se oculta voluntariamente al proceso del conocimiento y -por lo mismo- a este proceso lo podemos definir como un acto consciente e intencionado del ser.
Con todo, la metafísica -en general- observa el Yo y sus preocupaciones, y al ser mismo, como objetos intelectuales inmóviles, carentes de experiencia y transformaciones. Como si sus atributos fuesen inalterables, sempiternos: un ser inmóvil, sin existencialidad propia, es uno puramente intelectual, objeto de estudio metafísico. Y es la explicación ante la angustia metafísica de explica nuestro amigo Clarence: las síntesis, esfuerzo aplaudible, de los grandes teóricos y especulativos de todos los tiempos -los que se estudian en nuestras universidades, curiosamente- ofrece una quietud intelectual transitoria y relativa, nos da calma en esa angustiosa búsqueda e interrogación en torno al ser, pero sólo mientras el ser "concientemente" -pues, existe- se deja observar por el Logos. Y esa posibilidad de observar el ser en cuanto tal se da, felizmente, cuando el hombre re-flexiona el ser experiencial; es decir, al ser lo podemos observar mientras "es" y "existe", mientras concientemente se sabe observado.

ASÍ, el Ser es abordable por el Logos como un acto consciente sí mismo. El Logos mismo es una expresión del Ser. Y por lo tanto esa angustia de la que nos habla don Clarence Finlayson no es provocada por el ser en cuanto tal, sino por los instrumentos de los que se vale el Ser para observarse. De donde se desprende que la Metafísica, como actividad intelectual, debe hallar nuevos elementos intelectuales para observar el Ser, debe dar con un verdadero y real sístema filosófico que interprete el Ser en su existencialidad, y ello parte reconociendo la trascencia experiencial del Ser en cuanto tal. Tal sistema debe transmutarse del Ser en cuanto Ente a un Ser en cuanto Experiencial. De este modo las observaciones metafísicas se situarían en el ámbito propio de la realidad, pues allí es el lugar preciso donde el Ser se expresa propiamente y es observable. Heidegger nos contaba que en cada cosa que decimos expresamos algo del Ser, y las cosas pueden decirse întimamente, ocultándolas, o expresamente ante los demás. Es decir, la verdad íntima le pertenece al Ser mismo y tan sólo por él es juzgable; más, la verdad real, al desarrollarse en el ámbito propio de la realidad, es por todos juzgable, sea tan sólo para aplaudir o criticar. Así, se originará una relación intelectual de seres reales y que existen, y el conocimiento de los mismos seres reales verdadero.



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domingo, 29 de agosto de 2010

JORGE MILLAS: ENTRE LA ESPECULACIÓN FILOSÓFICA Y LA PSICOLOGÍA

JORGE Millas -junto a Clarence Finlayson, pensadores especulativos- forman parte, innegable, de la historia de la filosofía chilena. Y, consecuentemente, los podemos situar dentro del período especulativo de la filosofía chilena, distinguiéndolos de otros períodos en que el quehacer filosófico -más allá de ser distinto- no existía en Chile.

PERO el pensamiento del señor Millas -como lo señala Enrique Molina- estaba formado, casi exclusivamente, por su "Idea de la Individualidad", obra ensayística -extrañamente- premiada en el Concurso Literario del Cuarto Centenario de Santiago. Y decimos "extrañamente", puesto que su presentación y divulgación no se originó en el seno de la filosofía propiamente tal. Pareciera -y esto no es extraño- que las más vivaces obras de filosofía chilena, aquellas que provocan reflexiones diversas y avivan el quehacer intelectual chileno, son las que son reconocidas por su alto valor estético y su consecuente uso, inteligente, de las palabras. Pues, cuando recordábamos al P. Manuel Lacunza, su uso inteligente del lenguaje, más que sus propuestas filosóficas, nos daba la misma impresión. Como si, intrusamente, la filosofía chilena, en Chile, no tubiése otro medio para hacerse ver y expresarse que éste.
Muchas veces, propuestas filosóficas, de las más bellas y acertadas, las hallamos en revistas literarias, en periódicos de normal circulación, en cartas personales a las autoridades -como las del señor Alejandro Venegas a Don Pedro Montt, por ejemplo,- más que en revistas de filosofía que, si bien son el lugar preciso para desarrollar filosofía propiamente tal, en éstas, los artículos no se refieren más que a la interpretación de filosofías no propiamente tales, es decir, ajenas.

ESTE es el valor que los medios le otorgan, y por el cual tenemos noticia, a todas las obras filosóficas que en Chile se dan: el valor literario.

PERO la obra de Jorge Millas tiene un valor superior, que está más acá de lo puramente formal del conocimiento. En su "Idea de la Individualidad" su búsqueda filosófica, esencial, era la identidad del hombre suscrito a un pueblo, la identidad del ser chileno. Y, ya mencionábamos antes -en otro artículo- que "algo" filosóficamente cognoscible existe que diferencia el ser del uno con respecto de otro, por el cual son establecidos "los distintos", y los diversos atributos del ser en cuanto son ser propiamente tal. Y don Jorge Millas, al hacer la pregunta que interroga por "quiénes somos" los chilenos, expresa -irremediablemente- el "quiénes debemos ser" en esta convulsionada América Latina. Jorge Millas nos dice:

    "La política es uno de los acontecimiento perféricos de la historia y uno de los eficaces resortes de la extroversión y colectivizaciíon del hombre. En ella se expresan mejor que en cualquier otro orden de cosas el sentir y el pensar multitudinarios, la mentalidad del hombre accidentalmente impersonalizado. En la política halla el chileno lo que el estadio actual de su evolución necesita: "extroversión y prácticismo".

Con esto, nos demuestra, con claridad, la mejor manera de cómo desarrollar nuestra vida pública, y nos ofrece las ventajas de la política como actividad intelectual y pública, pero la política como actividad humana, como "desarrollo del Logos" en el ámbito propio de la realidad. Así formaremos parte de la historia latinoamericana y mundial, y así expresaremos nuestro ser propiamente tal ante los demás. De ahí nuestras diferenciaciones, y desde ahí nuestra forma de ser. También, nos aclara:

    "Entre los países de América se distingue Chile por ciertos rasgos de la plenitud histórica, que sólo a través de varios siglos pueden consolidarse. El fundamental de todos estos rasgos a que aludo, el que regimenta a los demás, imponiéndoles su sello, es, sin duda, el de la sobriedad espiritual. Chile es un pueblo sobrio. Esta sobriedad suya, como que está en contraste con otros caracteres pueriles de su imagen histórica, es una anticipación de la que ha de ser, sin duda, su personalidad definitiva en los tiempos de sazón. En épocas de juventud, ni individuos ni países son normalmente sobrios. La sobriedad es esa virtud de la reacción justa, ecuánime, proporcionada ante las cosas. Lo contrario de sobriedad es frenesí, o, como debería decirse en América, tropicalismo. En virtud de un sinnúmero de razones geográficas, históricas, raciales, culturales -que las hay de los órdenes más diversos-, los chilenos ponen en sus cosas siempre la fuerza adecuada para el efecto justo. No obstante los pintorescos y lamentables hábitos de la embriaguéz popular -hábitos contraídos más por razones exógenas que anímicas- el espíritu nacional es metódico, equilibrado, sereno, contrario a todo exceso, como que el exceso no sea algún accidente desventurado, provocado por la atrábilis particular de alguien, que nada expresa desde el punto de vista general.
 "El frenesí es una cualidad dionisíaca; la sobriedad apolínea. Chile posee, pues, una indiscutible mentalidad apolínea, que explica el ponderado ritmo clásico de su evolución cívica y de su organización institucional, y el tipo mesurado, digno, de su literatura, que revela, por sobre todo, una espiritualidad equilibrada, proporcionada, justa, no obstante la profundidad que suele alcanzar en ocasiones. Por eso, sin duda, hay en nuestro país menos chabacanería que en otros de América, no obstante haberla, y no escasamente. Por eso también nuestra sensibilidad es más profunda; junto a otros pueblos podemos, a lo mejor, aparecer frívolos, cuando lo que en verdad ocurre es que somos menos superficiales.
 "Ahora bien; así como no hay contradicción entre la modadlidad de extrovertidos y practicistas, signo de nuestra adolescencia histórica, el hecho de darse en nosotros la sobriedad espiritual como nota dominante, tampoco la hay con el hecho de nuestra indiscutible vocación a la poesía. Pero mientras que en el primer caso el hecho que parecía opuesto a la juvenil extroversión del chileno era sólo una manifestación de anticipada madurez, en este otro caso el rasgo aparentemente imcompatible con esa extroversión -nuestras grandes aptitudes poéticas- es un fenómeno de igual categoría, que nada excepcional posee y que en un diverso plano de cosas simboliza idéntica modalidad espiritual, más refinada, por cierto, que nuestra vocación para la historia, el derecho y la política de partidos".

QUÉ interpretación más viva, psicológica, es la que nos ofrece Jorge Millas: un verdadero ejemplo de especulación ante el espectáculo de lo propio. Chile es un país sobrio, y vale la pena alabar sus esfuerzos. Y es más justo decir "el chileno es sobrio". Mas, don Jorge nos menciona dos modos de ser chileno, uno constrastando al otro, creando una especial dualidad del ser: el modo extrovertido-practicista (signo de nuestra adolescencia histórica) y el modo introvertido-espiritual (nota dominante, signo de nuestra madurez), en la que recalca una tendencia más a la poesía que a otras vocaciones como la historia, el derecho y la política.
Así y todo, digamos, que estas vocaciones no tan preferidas por los chilenos, son actividades propias del desarrollo intelectual de la nación. Son algo más que simple espiritualidad introvertida. La historia, el derecho y la política son actividades más rigurosas que la poesía -tan refinada en Chile-, que deben resolver ante todo exigencias de verdad, métodos y dificultades que requieren de tiempo y espacio precisos, así como el desarrollo filosófico chileno tan poco abordado.

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jueves, 26 de agosto de 2010

P. MANUEL LACUNZA: MILENARISMO Y TRASCENDENCIA FILOSÓFICA

MUY poco o nada se conocen -en nuestro desmemoriado ambiente filosófico chileno- las andanzas del P. Manuel Lacunza. Su olvido y destierro para siempre de nuestra historia filosófica y nacional hubiése sido un hecho insalvable a no ser por una breve y efímera alusión de Don Enrique Molina en su Filosofía en Chile:
    "La penuria filosófica de Chile ha ido, naturalmente, en aumento a medida que remontamos la corriente del tiempo, desde la vida independiante de la nación hacia la época del coloniaje. En esta última no encontramos más que un nombre que valga la pena mencionar y eso en pleno siglo XVIII: el del padre Manuel Lacunza, autor del, en sus días, celebrado libro "La venida del Mesías en gloria y majestad",

que -por lo demás, y es lo que nos interesa- no nos da cuenta de su filosofía y sus repercusiones, del milenarismo, su gran propuesta que en sí mismo demuestra un completo sistema filosófico.
Pero, así y todo, le agradecemos a don Enrique esta vaga y germinal alusión a lo que llamanos -algunos- filosofía chilena, pues los tiempos y la tecnología propician un estudio riguroso de la filosofía propiamente tal.

ES cierto, las propuestas milenaristas de Lacunza nunca han tenido en Chile una repercusión significativa a nivel popular, es decir, no fueron propuestas reflexionadas en el ámbito propio de la realidad, o -como diría Giannini- no fué una reflexión cotidiana. La idea del Reino de Cristo en la tierra por mil años antes de la resurrección universal, no fué opinión pública, ni menos objeto intelectual filosófico de la época, un signo inequívoco de la verdad histórica que padecía Chile ya en tiempos de la colonia. Sin embargo, ante la ausencia de reflexión filosófica propiamente tal, el pensamiento de Lacunza no fue inadvertido en círculos eclesiásticos e intelectuales. Las propuestas de Lacunza son verdaderos postulados filosóficos que dificilmente despertarían la imaginación de los sectores populares. Pues, escencialente, Lacunza acusaba la interpretación bíblica, y promulgaba considerar la verdad teológica tal y como aparecía, literalmente, en la Biblia. Su discusión era exclusívamente teológica, doctrinal, iba más allá del dogma religioso, dogma que todo buen cristiano está condenado a no discurrir.

RENÉ Millar Carvacho, en su estudio "Recepción de Lacunza en Chile", nos dice:

    "Pero si bien el utopismo de Lacunza no ha logrado penetrar en la fantasía popular, sí ha resultado atractivo y ha despertado interés en miembros del clero y en algunos estudiosos, ya sea para criticarlo o defenderlo. Lo curioso es que cada cierto tiempo el milenarismo lacunciano reaparece de cara a la opinión pública, a través de artículos y libros, haciendo que se mantenga vivo el interés en torno a él. ¿Cuál es la razón de esa vitalidad en los ámbitos mencionados? No resulta fácil explicar el fenómeno, pero sin duda que influyen las cualidades de la obra misma, su carácter controvertido y sobre todo el interés universal que ella despertó. De hecho es la obra erudita escrita por un autor chileno que mayor repercusión ha tenido a nivel mundial y en consecuencia Lacunza ha pasado a ser la figura intelectual nacional de más trascendenci. Esa sería, a nuestro juicio, la circunstancia que explica por qué el milenarismo de Lacunza es un tema recurrente en ciertos ámbitos que van más allá de lo religioso".

CONSIDEREMOS que hay cuatro períodos históricos, divergentes, en el que el pensamiento del P. Manuel Lacunza tuvo influencia: a) al de la recepción de La Venida del Mesías entre las décadas de 1790 y 1820, entre los años inmediatamente posteriores al término de la obra y los que concluyen con la edición inglesa de 1826; b) el que se extiende entre el primer centenario de la muerte del autor y fines de la década de 1910; c) el de los años treinta y cuarenta, como protagonista al padre Salas y sus discípulos; d) el que se extiende desde la década de 1950 hasta el presente. No es extraño que Lacunza fuese interpretado, en distinto momento histórico, como conservador y liberal e incluso bajo el prisma de la teología de la liberación, movimiento que se desarrolló a nivel latinoamericano.


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viernes, 21 de mayo de 2010

PENSAMIENTO POLITICIO Y FILOSOFIA

YA hemos esbozado, brevemente (en este mismo blogs), los aspectos generales de la filosofía propiamente tal -aquella que se desarrolla en el ámbito propio de la realidad-, sin haber mencionado las diferenciaciones que tiene ésta con otras actividades humanas. Por cierto que el "hombre cotidiano", que habita en el ámbito propio de la realidad, desarrolla su existir determinándose en actividades intelectuales, las cuales, como si se tratase de un sistema complejo, dan sentido y fundamentación a su existencia propiamente tal. El pensamiento y, más aún, la filosofía, forman parte de estas actividades, a la par con otras menos académicas como el arte o el trabajo.

PERO nos interesa expresar, aquí, primero, que "filosofía" se nos presenta como una "expresión del ser como búsqueda" -del ser mismo y el ser de las demás cosas- y "pensamiento" como una "expresión del ser en acto". Mas, "buscar el ser" y "ser" suponen el conocimiento realmente verdadero del ser en cuanto tal; el que, sometido a consideraciones existenciales inherentes -como la historicidad, por ejemplo- y a ese "ocultarse para no ser descubierto" del que habla Heiddeger, resulta -filosóficamente- casi imposible una justa definición. Tendríamos que acudir, teóricamente, a un presunto ser que fuese aprehensible en el tiempo y el espacio, que fuese observable por el intelecto humano, pero tan sólo por unos momentos, hasta que lográsemos indagar algo sobre él, mas no hasta el infinito y en términos universales: el ser propiamente tal es inaprehensible. Lo que nos pone en la disyuntiva de dar o no valor al pensamiento en general, que es "expresar" dialécticamente aquello que se ha descubierto en la "búsqueda" misma: pues, si en esa búsqueda intelectual, filosófica, no aprehendemos nunca el ser, mal podríamos "expresar" lo que somos, mal podríamos decir universalmente lo que pensamos.

ASÍ, el pensamiento, que expresa ideas y conceptos del ser en el más profundo seno de lo teórico, expresa verdades relativas; quizá universales teóricamente, pero no realmente verdaderas.

Y, ¿qué decir del pensamiento político? Si considerásemos al hombre en cuanto tal, que habita en el ámbito propio de la realidad -del que solemos hablar en estas pequeñas notas- y lo reflexionamos en relación a las condiciones sociales en las que existe, todas aquellas reflexiones fundamentarían un correcto pensamiento político. Pero eso no ocurre realmente: la política comparada es un recurso adoptado desde hace ya mucho tiempo en Chile, y es un fiel reflejo de la decadencia intelectual en la que nuestro país a caído. Las mismas expresiones de "este país", o "los chilenos" que profitan nuestras autoridades y analistas políticos dan muestra de la indiferencia ante lo que "somos" realmente. Pareciera que somos algo distinto a lo que ellos son, algo así como meros objetos de observación sin alma, sin ser propio, sin medios e instrumentos intelectuales capaces de disolver en ideas nuestras reales y verdaderas preocupaciones e interrogantes. Eso de pensar y crear política a partir de observaciones y estudios que pertenecen a realidades distantes, ajenas y disonantes, es un recurso al que se acude cada vez que, pretendiendo una observación del hombre en cuanto tal, real y verdadero, que habita en el ámbito propio de la realidad se torna dificultuosa y vaga para nuestros intelectuales. En fin, les es más cómodo asumir universalmente -sólo como una mera teoría- la existencia de individuos inmiscuidos por necesidad en la actividad social.

POR lo mismo, se actúa teóricamente definiendo formas del pensamiento político del hombre, clasificándolo y diferenciándolo, como si tales pensamientos fuesen expresiones del ser como objeto aprehensible por el intelecto humano y las ciencias. De estas observaciones, que son relativas, producto del análisis sintético -válido, ciertamente- para los efectos de entender ciertos aspectos generales del ser, mas no para establecer a partir de esta síntesis teórica definiciones universales- se presentan como elementos reales los que, verdaderamente, no lo son. Por ejemplo, los debates teóricos e historiográficos en torno al nacionalismo, el tradicionalismo, el conservadurismo y el liberalismo censitario se nos presentan como algo polémico, siendo que tales formas de pensamiento político son etapas del pensar completo del ser del hombre.
Sin ir más allá, recordemos que la historia es cíclica y no lineal, y fácilmente podemos reconocer y ubicar la "tradición" como una de las primeras formas de entender y expresar la vida social y privada en una determinada nación, señalando los caracteres básicos y primigenios de una naciente cultura, que todo ciudadano y hombre político pretende "conservar" y defender en cuanto transcurre el tiempo, "liberarlo" siempre de la concentración del poder, y creando un verdadero movimiento por lo nacional, reclamando lo que le es suyo y propio por naturaleza. Es decir, el pensar político y las consecuentes manifestaciones, no se da aisladamente, ni se presenta uno antagonizando con el otro, sino todo lo contrario: forman parte compleja del ser en constante movimiento y fluir trascendente de la historia.


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martes, 18 de mayo de 2010

PEQUEÑA HISTORIA DE LA FILOSOFIA EN CHILE (Segunda Parte)

AUTORES CHILENOS-UNA VISTA PRELIMINAR

FRAY ALONSO BRISEÑO. O. F. M.(1587-1669)
PUEDE considerarse la primera figura filosófica chilena, y quizá americana. Nacido en Santiago de Chile y vivió en Chile., Perú, Panamá y Venezuela. Publicó en España una obra teológico-filosófica en latín: Primera parte de las más célebres controversias sobre el primer libro de las sentencias de Juan Duns Scoto, Doctor Sutil y sin duda Príncipe de los Teólogos... (1638). En el primer tomo «a menudo se hacen disertaciones metafísicas», y en el segundo (1642) se trata de la ciencia de Dios y de las ideas.

MANUEL DE LACUNZA, S. I. (1731-1801)
EL siglo XVIII trae la figura excepcional de Manuel de Lacunza, S. I. (1731-1801). Nace en Santiago, se refugió en Italia en 1767, a raíz de la expulsión de la Compañía de Jesús. Su obra La Venida del Mesías en gloria y majestad (1790) ha sido traducida a varios idiomas. Si bien es ,ante todo, una exégesis bíblica y una teología de la historia, no excluye la filosofía. En nuestros días, Nikolai Berdiaeff ha puesto de relieve el valor y actualidad del pensamiento de Lacunza. También Juan Félix de Arechavala y Alday , S. I. (1750-86) publicó en Italia sus Propositiones Philosophicae, folleto que contiene cien tesis defendidas en Imola.

EN el siglo XIX, JUAN EGAÑA (1769-1836), vinculado a los enciclopedistas, desarrolla un utopismo filosófico. Entre sus obras destaca El chileno consolado en los presidios o filosofía de la religión (1826). Más tarde, la influencia de Destutt de Tracy se aprecia en Elementos de Ideología (1830), obra escrita por VENTURA MARÍN y JOSÉ MIGUEL VARAS. El positivismo (v .) de Comte, Spencer y Littre encuentra eco en JOSÉ VICTORINO LASTARRIA (181788) los hermanos Jorge, Juan Enrique y Luis Lagarrigue, y VALENTÍN LETELIER.

EN el siglo XX aparece en primer lugar la solitaria labor filosófica de ENRIQUE MOLINA GARMENDIA (18711956). Nace en La Serena, ha sido rector fundador de la Univ . de Concepción. En su pensamiento influyen especialmente Bergson (v .) y W. James (v .). Para Molina, «lo esencial de la filosofía lo constituye la interpretación del ser y la actitud del hombre ante él». Sin embargo, el ser es indefinible: se percibe, se siente, se intuye. Este ser, del cual formamos parte, es necesario y absoluto. El problema esencial del hombre es la realización de su vida espiritual. Ahora bien, los atributos esenciales del verdadero espíritu son la libertad y el discernimiento de valores. Ante los misterios del ser y de la vida, el espíritu se realiza supremamente en el amor desinteresado y en el valor. Es así como la creación es 'inacabable: «se sigue haciendo, y en esta faena infinita, el hombre es colaborador de Dios». Además de varios trabajos de historia de la filosofía escribió: Por los valores espirituales (1925), Proyecciones de la intuición (1934), De lo espiritual en la vida humana (1936), Confesión filosófica (1942) y Tragedia y realización del espíritu (1952).

DE la Universidad de Chile ha surgido una actividad filosófica que muestra diversas orientaciones: PEDRO LEÓN LOYOLA (n. 1889), influido por Boutroux, ha publicado Una oposición fundamental en el pensamiento moderno: causalidad y evolución (1954). JORGE MILLAS (n. 1917) se orienta, influido, como él mismo lo reconoce, por Ortega, Bergson y Husserl, hacia una investigación sobre la naturaleza de la individualidad y de la vida humana, centrándose en el problema de la libertad y de la naturaleza de la historia. JUAN RIVANO, de orientación marxista, se ha centrado en la búsqueda de un «humanismo» para nuestro tiempo. JOSÉ R. ECHEVARRIA ha publicado, en 1957 y 1963, y bajo el auspicio del Centre National de la Recherche Scientifique de Francia, dos obras: Réflexions métaphysiques sur la mort et le probléme du sujet, y la edición crítica de la obra inédita de Maine de Biran, De Paperception -immédiate (Memoire de Berlín, 1807). En la primera, desarrolla 12 proposiciones sobre la existencia, el Otro, el tiempo, la libertad, la muerte y la inmortalidad. Otras obras son: El Quijote como figura de vida humana (1965) y Elementos para una teoría sobre la naturaleza de los derechos subjetivos (1955). HUMBERTO GIANINNI ha escrito Reflexiones acerca de la convivencia humana (1965) y El mito de la autenticidad (1968); ambas obras responden a una misma inquietud: «la búsqueda en la cotidianidad del sentido de la existencia humana», de un absoluto cercano a la experiencia universal.

FÉLIX Schwartzmann ha publicado El sentimiento de lo humano en América (1, Ensayo de Antropología filosófica, 1950; 11, Antropología de la convivencia, 1954). En la segunda parte, la reflexión sobre los vínculos humanos le lleva a buscar una Teoría de la expresión (1967). Porque «el centro expresivo de la convivencia es el rostro y la mirada del otro». Y , sin embargo, la expresión del semblante «representa un enigma en varios sentidos». Roberto Torretti (n.1930) es autor de uno de los trabajos más completos sobre Kant en lengua castellana. Junto a ellos cabe citar a Luis Oyarzum, Carla Cordua, Juan de Dios Vial, Mario Ciudad, Armando Roa y , en filosofía del Derecho, Jorge I. Hübner y Máximo Pacheco.

EN las Universidades Católicas de Santiago y Valparaíso también ha habido una destacada inquietud filosófica de diverso fruto. Destacan Clarence Finlayson (1913-54), centrado en una metafísica de Dios y de la muerte, con importantes obras: Dios y la Filosofía (1945), Analítica de la contemplación (1937) y otras; el P. Osvaldo Lira SS. CC. (n. 1904) ha desarrollado un pensamiento tomista estricto; Agustín Martínez O. S. A. (n. 1919) se define por una neoescolástica agustiniana; Jorge Hourton ha traducido y presentado la obra de M. Blondel (v .). Otros nombres son Eduardo Escudero (m. 1949), Francisco Vives, Alfonso Gómez, y , con estudios en el campo de la estética, José Miguel Ibáñez Langlois y Félix Martínez Bonati. Es notable también la labor de algunos profesores extranjeros que han colaborado en el quehacer filosófico de Chile: en el s. xviii, Miguel de Viñas, S. l., catalán; en el s. xix, el venezolano Andrés Bello (1781-1865) y en nuestro siglo, Ernesto Grassi, en la década del 50, y el profesor polaco Bogumil Jasinowski (1890-1969) que llegó a Chile en 1942 y ha muerto en el país.

por: L. FLORES HERNÁNDEZ.

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PEQUEÑA HISTORIA DE LA FILOSOFIA EN CHILE (Primera Parte)

Nota preliminar

UNA historia de la filosofía en Chile -una verdadera historia de la filosofía en Chile, que mencione y explique, cronológicamente, a cada hombre que se ha dedicado al amor amistoso hacia la sabiduría en estas tierras- es, ya, una tarea dificil de concretar. Es así que tan solo nos asomamos a esbozar una pequeña historia de la filosofía en Chile, que indique aquellos aspectos fundamentales que nos sirvan de base para una posterior reflexión filosófica propiamente tal, de la que está tan necesitada la filosofía Chilena y Latinoamericana. Pues, ¿cómo ha de nacer la propia filosofía sino trascendiendo aquella que la precede? ¿No es acaso cierto que, en tanto que sometamos a crïtica a la historia de la filosofía, hacemos de la filosofía nuestra filosofía? Es decir, si la filosofía que hemos conocido por medio de la Historia de la Filosofía no explica ni responde nuestra exigencia de verdad, es menester indagar en ella, escudriñar y desentrañar de lo que hemos conocido aquello que no nos es propio y no ha sido resultado de nuestra propia intelección.

ASÍ, filosofía en Chile y filosofía Chilena son enunciados que se contraponen. La filosofía en Chile se refiere, expresamente, a la influencia de las distintas corrientes del pensamiento en nuestra historia nacional, en la política, la educación, etc., mientras que la filosofía Chilena hace referencia al pensar lo propiamente tal. Pensar en el sentido de descubrir aquello que la filosofía fundamental no descubre, pues -como es lógico pensar- ésta fue llevada a cabo en otro lugar, en otras circunstancias, y por otros hombres.

MENCIONAREMOS, entonces, el desarrollo de la historia de la filosofía en Chile, en tres etapas fundamentales que no se contraponen entre sí -pues pertenecen a un mismo entorno intelectual, heterogéneo y dinámico:Europa- sino que, más bien, se condicionan y enriquecen recíprocamente.

PRIMERA: La presencia de la escolástica en los siglos XVI, XVII Y XVIII, con las variantes tomista, escotista y suareciana.

SEGUNDA: El influjo dominante de la filosofía europea, sobre todo francesa, en los siglos XVIII y XIX. Las figuras de mayor gravitación en este periodo son Descartes, los pensadores de la Ilustración francesa, Destutt de Tracy y Laromiguiére; más tarde Cousin, Quinet, Michelet y Balmes; después el positivismo de Comte y Littré, y finalmente el evolucionismo de Spencer.

TERCERA: corresponde al siglo XX y es más amplia. La filosofía francesa se hace presente con Bergson y Maritain; hay una apertura a la filosofía alemana de Nietzsche, Marx, Husserl, Scheler, etc., y también se hace sentir la presencia sugerente, aceptada o rechazada, de José Ortega y Gasset.

ÉSTA simple mirada, muy somera, de la cuestión nos refleja que el pensamiento filosófico en Chile se ordenaba en torno a influencias foráneas, casi siempre de origen europeo, consistiendo su originalidad en poner ciertos énfasis temáticos que ligaban la filosofía con las realidades inmediatas de lo social, cultural, jurídico, educacional, estëtico, etc., de caracter autóctono. Por lo pronto, en un comentario de Don Enrique Molina apreciamos la dificultad en hallar autores que se dedicaran expresa y exclusivamente a la filosofía, como -también- nosotros hallamos dificultades en hallar autores -en la actualidad- que se dediquen, expresamente, a la filosofía propiamente tal, o que es lo mismo, que publiquen filosofía que pregunte por la filosofía en cuanto tal, en el sentido real y verdadero de lo propiamente tal, pues lo propiamente tal es lo que nos toca por naturaleza filosofar.

TAMBIÉN Walter Hanisch Espíndola nos recuerda -a propósito del tema de la Filosofía en Chile hasta la independencia- que "En Chile no se ha intentado este estudio, a no ser respecto del siglo XX por Enrique Molina Garmendia. Respecto al siglo XIX gracias a la imprenta hay mucho material aprovechable en autores, referencias y estudios. La colonia tampoco carece de material, que halla en las obras sobre docencia en general, en las historias y sobre todo en los documentos, en parte explorados y en parte inéditos. Queda sin embargo un vasto campo que sólo podrá aclararse con estudios parciales o monografías. La literatura de esta especie, referente a la Filosofía propiamente dicha, cuenta con escasas publicaciones y una gran parte del material manuscrito, cuya exploración ofrece dificultades por el texto latino de las obras, por el estado de deterioro de los manuscritos, por las abreviaturas variadas y frecuentes en ellos y por la pérdida de una enorme cantidad del material".

LA presencia de la escolástica en nuestra historia nacional es deciciva: el establecimiento de las primeras escuelas, y nuestro acentuado conservadurismo católico se deben a su influjo. La filosofía europea influye -en el período posterior a la Independencia-, muchas veces indirectamente, en los procesos políticos y en nuestra economía. Y en fin, nuestros filósofos, siempre atentos a lo que ocurre en filosofía a nivel global, olvidados del "conócete a ti mismo" al que nos incitaba el gran Sócrates. Pareciera ser que la filosofía chilena se ha dedicado, en gran parte de su historia, al "conoce a los demás", hecho que -actualmente- resulta muy dificil frenar.

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EL HOMBRE QUE HABITA EN EL ÁMBITO PROPIO DE LA REALIDAD

EN filosofía, para establecer -teóricamente- conceptualización de "la cosa", de cualquier cosa, se hace abstracción de ella y tras una obsevación metódica se resuelve la ansiada definición, sin advertir -sin embargo- las complejidades con las que tenemos que lidiar dialécticamente para obtener tal fin.
Las cosas (reales y teóricas), siendo que siempre están allí, en el ámbito propio de la realidad, para ser observadas y sometidas a juicio por el intelecto humano han de rozar con el hombre, necesariamente, roce que suscita el conomiento y sabiduría de las cosas. Pero este conocimiento y conquista filosófica no deja de ser un deseo para quienes han establecido la investigación filosófica misma idealizándolo todo, universalizando de tal manera la totalidad de los objetos que, al final, se pierden aquellas complejidades a las que nos somete la realidad.

PUES, los objetos no son todos iguales. El hombre mismo, que es en última instancia quién define la totalidad de los objetos, es un objeto con características y formas del ser determinados, y su definición resulta ser compleja en tanto que se observa a sí mismo y pretende definirse objetívamente. Para lo cual, el hombre debe imprimir en su filosofía más que un sistema un compromiso con respecto a la verdad.
En estricto rigor, la filosofía chilena adolece de este compromiso ante la observación de los objetos que se dispone a reflexionar. A su estilo universal de filosofar -que no es el propio- se suma el sometimiento y adopción de sistemas que no salvan las interrogantes propuestas. Y causante de ésto es el recurrente auxilio a reflexiones ajenas, no propias, cuando los propios esfuerzos intelectuales no son suficientes para disolver lo propiamente tal que nos ofrece la filosofía.

LA filosofía en Chile ha generado en nuestro entorno filosófico visiones de las cosas que pertenecen a un ámbito de realidad con perspectiva diferente, y por lo mismo un empobrecimiento de conceptualizaciones propiamente tales, que hallan sido exijidas en el fragor de nuestras reflexiones. Los filósofos en Chile parecieran ser alemanes, italianos, franceses, menos filósofos chilenos. Si un buen alemán dice: "los alemanes han pensado lo que otros pueblos han hecho. Alemania ha sido su conciencia teórica" (Marx, Critica de la filosofía del derecho de Hegel) hace las mejores galas de su ser propiamente tal: de un hombre que piensa teóricamente su entorno y las cosas. Más no he leído, aún, en los estudios de filosofía a algún filósofo chileno diciendo: "Los chilenos hacemos lo que los alemanes tan sólo piensan", constatando el hecho real de que la filosofía chilena no asume, explícitamente, su papel crítico ante la filosofía universal. Pues los chilenos creémos más en los hechos que en las palabras, en los actos más que en los compromisos; y en filosofía debiésemos reflexionar aquél aspecto fundamental del hombre propiamente tal.

EL hombre propiamente tal es aquel que habita en el ámbito propio de la realidad, "... el hombre real, corpóreo, en pie sobre la tierra firme y aspirando y exhalando todas las fuerzas naturales ... (Adolfo Carpio, Principios de Filosofía), "el hombre de carne y hueso" del que relata Miguel de Unamuno, el que "es" según su cirscunstancia a que se refiere Ortega y Gasset, que no podemos determinar a partir del espíritu ni de la idea, sino de lo que "es" concretamente.
Desde esa concretud del hombre deviene un concepto de ser hombre concreto, realmente verdadero. Pero esta forma de considerar al hombre no debiese ser una mera reflexión filosófica, sino un punto de partida a las implicancias que debe infundir la filosofía propiamente tal en un determinado pueblo: establecerla en los cálculos estadísticos, en la micro y macro economía, en las legislaciones y la educación, etc., que se arraige de tal manera en el colectivo que hablar del hombre signifique algo más que una idea, un número, una tendencia filosófica momentánea de la que luego nos olvidemos.

ES tarea de los filósofos chilenos reflexionar y reflexionarse en cuanto habitantes en el ámbito propio de la realidad. Es hora de reflexionar, filosóficamente, al hombre en acto, dejar de pensar como hacen otros "de un modo abstracto, es decir, con desconocimiento de la actividad real, sensorial, en cuanto tal" (Adolfo Carpio, Principios de Filosofía) Y para ello, se debe ser filósofo propiamente tal, un hombre que habita en el ámbito propio de la realidad y reflexionar en él.


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