Ser o no filósofos es una cuestión que carece de importancia cuando nuestro objeto de observación nos sugiere una mirada profunda, desapasionada y real de las cosas. El intelecto humano tiene -queramos o no- la tendencia a definirnos en cuanto al acto que realizamos. De manera tal que si nos dedicásemos a pintar, éste (el intelecto), diría que somos pintores, o a observar el universo astrónomos, o remendar zapatos zapateros. Así, cuando aquél, ante la presencia de objetos -reales o teóricos- en el ámbito propio de la realidad, observa e interpreta tales objetos desde una perspectiva intelectual que sugiere coerencia con la verdad real, se le suele llamar -también y sin querer- filósofo. Y bajo este aspecto de la cuestión, como reflexión propia e íntima de cada hombre relacionado a la filosofía fundamental, asecha la diferenciación entre "ser profesores de filosofía" y "ser filósofos" en el Chile actual.
Podríamos considerar que profesar y hacer filosofía son formas de ser en el quehacer filosófico propiamente tal, como si fueren ramas de un mismo árbol; como -también- se puede establecer que ambas son actividades que co-existen una con la otra y, entonces, poder ser a la vez hacedores (pensadores, en sentido estricto) y profesores de todo cuanto ocurre en el filosofía. Pero, ¿qué ocurre de verdad en Chile en torno a esta disyuntiva? ¿Qué significa ser filósofo en Chile y qué ser profesor de esta disciplina? Pues, considerando esta actitud del intelecto de definirnos en cuanto a la actividad que realizamos, tendríamos forzósamente que admitir que ser profesor de filosofía es una cosa distinta a ser filósofo, ya que uno enseña lo que cree que ya sabe y el otro busca tal conocimiento; pues su quehacer radica en resolver las interrogantes que suscita e incita el requerimiento del pensamiento filosófico. Tal disyuntiva la advertimos en una frase del profesor Joaquín Barceló: "ser creadores en el sentido estricto de la palabra" o "limitarse a exponer y repetir la filosofía que se hace en otras partes del mundo" -esto último correspondería a ser meros "profesores de filosofía" y no filósofos.
Ya se empieza a avisorar condiciones para que la filosofía en Chile sea desarrollada. No vamos a ahondar en el hecho de que hay oportunidades de financiar proyectos de investigación filosófica por medio de incentivos económicos provenientes del Estado o privados y las limitaciones y aprehensiones en el planteamiento de la filosofía así desarrollada, sino más bien en el hacer filosofía en Chile propiamente tal. Pues, una cosas es la filosofía institucional o universitaria, aquella desarrollada y difundida en un lugar específico y circunscrito (en el que participan algunos hombres), y otra la filosofía que se desarrolla y disuelve en el ámbito propio de la realidad, lugar -también- específico y real en el que se trastocan la doxa y el logos de todos y cualquiera de los hombres.
No por esto vamos a negar el desempeño y el trabajo filosófico que se lleva a cabo en las universidades. Sólo advertimos la siguiente cuestión que plantea Gonzalo Díaz Letelier: "Hacer filosofía es, efectivamente y con propiedad, pensar nuestro habitar aquí y ahora en nuestro entorno -que no es Europa, sino Latinoamérica-, pero ese habitar está determinado por nuestra historicidad que sí es en gran y profunda medida europea". Es decir, por una parte se reflexiona nuestro propio ámbito de realidad, y por otro un ámbito de realidad determinado, condicionado por elementos (como el lenguaje, por el ejemplo) no propios ni verdaderamente reales. En decir, hay filosofía en Chile y filósofos condicionados a esta determinación historicista de la filosofía, pero no hay filósofos chilenos en sentido estricto que debatan y hagan filosofía en torno a nuestro instante intelectual, en torno a nuestro propio método o camino al momento de filosofar.
De un modo u otro la filosofía en Chile, hoy, se desarrolla y difunde sin mayores infortunios y aspavientos. Se enseña, aún, como remembranzas del pasado -de un pasado arcano e inexistente en apariencia- en algunos liceos de enseñanza media. Claro está, de cierta forma que el estudiante no alcanza a vislumbrar su trascendencia en la historia nacional, y menos la raiganbre de esta determinación historicista de la filosofía a que hacíamos alusión. Ya Lastarria lo mencionaba: "entonces la filosofía nos muestra en medio de esa serie interminable de vicisitudes (...) una sabiduría profunda que la experiencia de los siglos ha ilustrado; una sabiduría cuyos consejos son infalibles, porque están apoyados en los sacrosantos preceptos de la ley a que el Omnipotente ajustó la organización de ese universo moral", con lo que pretende transmitir a las futuras generaciones que hay en el quehacer complejo de la filosofía una función definitoria -muy poco apreciada- que contempla los acontecimientos históricos, por ejemplo (nacionales e internacionales), que coteja el pensamiento (el propio y el de los otros) en el ámbito al que pertenecemos, el propiamente real, y que asume como historia y pensamiento propio.
En fin, revisemos los esfuerzos por quienes hablan de una filosofía Latinoamericana como los de Jenaro Abásolo que solicita a nuestros filósofos "particulares maneras de comprender la propia realidad", método el que diferenciaría la filosofía chilena en relación con las demás. Es la verdadera filosofía que hay que difundir en los colegios, y ser ésta las materias a las que el profesor de filosofía -sin ser filósofo- debiése abocarse en replicar.
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